El utilitario rojo pasa cortando el semáforo sobre Yrigoyen mientras que el vehículo gris, ingresa a la avenida desde Maipú. Mientras tanto, la luz verde indica el paso para quienes esperan sobre José Hernández. La ley del más fuerte, en su máxima expresión.Incentivados por la falta de control o porque poco a poco cada uno de nosotros pone su cuota para que irremediablemente estemos camino a vivir en una ciudad donde el sálvese quien pueda será ley, el tránsito en Trelew es una anarquía y la señales, elementos decorativos.
Basta salir a recorrer la ciudad y detenerse a observar unos pocos minutos, para lograr capturar un sinfín de infracciones de tránsito. Graves infracciones. No sólo el desconocimiento de normas primitivas, como no estacionar en doble fila o algunas un poco más elevadas, como el orden de circulación en las rotondas o de quién es la prioridad de paso en las bocacalles, sino transgresiones gravísimas, como pasar con el semáforo en rojo poniendo en serio riesgo la vida de terceros.
El año último, según datos de la asociación civil Luchemos por la Vida, 7885 personas murieron en la Argentina a causa de accidentes de tránsito. Un promedio de 22 personas por día.
No hay que cometer el error de creer que las muertes se circunscriben a choques en rutas. Esa espantosa y enorme cifra, incluye a hombres, mujeres, jóvenes y niños que perdieron la vida en las calles de su ciudad.
Hay distintas esquinas de Trelew en las que, si uno quiere preservar su integridad, una vez que el semáforo se puso en verde, es recomendable iniciar la marcha 20 segundos después. Hacerlo cuando lo indica la señal lumínica, podría significar que algún imbécil ocasione una desgracia. ¿Dónde? En M. Thomas e Yrigoyen (pasa entre el barrio 252 viviendas y la estación de servicio YPF), José Hernández e Yrigoyen, Maipú e Yrigoyen, Fray Luis Belrán e Yrigoyen: en definitiva, si está por ingresar a la avenida Hipólito Yrigoyen tómese su tiempo, porque los semáforos son sólo ornamentación.
La negligencia de los automovilistas crece amparada ante la ausencia casi total de inspectores de tránsito. Los pocos que hay, se limitan a hacer sonar sus silbatos en el casco céntrico y controlar si los autos cuentan o no con oblea de estacionamiento medido. Falta una política contínua por parte del gobierno municipal en materia de ordenamiento, control y educación vial.
Para una ciudad cuyo parque automotor no para de crecer, tener un cuerpo de zorros grises que no supera la docena es menos que insignificante. ¿No habrá llegado el momento de tomar el toro por las astas?




















